El inigualable Mingo Martino Por Ulises Rodríguez
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En la sala de ensayo, que hoy guarda un extraño silencio en el fondo de su casa, hay más de cien fotos: en blanco y negro, color, medianas, grandes, de él solo o rodeado de amigos. Más allá del año en que fueron sacadas todas tienen algo en común: música. De cada una de ellas sale una nota, un sonido y un ritmo muy marcado de jazz, que va más allá de cualquier tiempo y espacio.
“De chico, hacía percusión con lápices, reglas y todo lo que sonara. Empecé a los 13 con la batería, me la pasaba mirando a los tipos que tocaban para aprender. Esa era la manera que teníamos de saber cómo se hacía, porque no existían los estudios ni las academias como hay ahora”, contaba en noviembre de 2007 el baterista platense.
En ese momento tenía 81 años y la energía de un tipo de 20. Ex alumno del Colegio San Luis, su interés por los tambores arrancó en las fiestas de fin de curso cuando participaba, en los llamados “juguetes musicales”, tocando ese instrumento.
“Mi papá me llevaba a locales donde actuaban orquestas, y ahí conocí a bateristas de esa época, como el desaparecido Pedro Benavídez -que me enseñó a tocar con escobillas-, Carlos Cuacci, Luis Moglia y Alfredo Smith; ellos, con sus consejos y clases prácticas, me alentaron a comenzar con esta carrera de baterista”, recordaba Mingo.
Su debut oficial fue a los 14 años, en un conjunto de jazz y música bailable. En 1944, con 19 años, lo convocó el saxofonista Dante Varela para formar parte de su orquesta en la que permaneció una temporada, alternando sus actuaciones con otro grupo famoso de la época: Los Santa Paula Serenaders, dirigido por Raúl Sánchez Reynoso.
“Eran tiempos donde permanentemente estábamos tocando. La costumbre era llevar a los bailes una orquesta típica y una de jazz, ya fuera en los locales del centro o en los clubes de barrio. Después tocábamos en los bailes de carnaval del Jockey en Punta Lara, o en el comedor estudiantil que estaba en 1 y 50”,
Ciudadano ilustre de La Plata desde 2004 contaba sus anécdotas apasionadamente y con una voz ronca, marcada en su garganta por los años de fumador: “Los conciertos se hacían en instituciones, teatros, pero también en cabarutes como El Resil, que quedaba en 46, entre 3 y 4, y cerraba a la madrugada. Las chicas hacían su trabajo y nosotros el nuestro”.
En escenarios del mundo. Cuando le tocó el servicio militar integró -por supuesto- la banda del Regimiento 7º de Infantería. Tras la colimba se reincorporó a la orquesta de Dante Varela para una actuación de tres meses en la confitería Havanna de Mar del Plata, y formó parte del grupo del trompetista Adolfo “Cholo” Rossini.
En los '50, en Buenos Aires, junto a otros músicos de jazz y aficionados integró el Bop Club Argentino. “Eran todos fenómenos, pensá que estaban el ‘Mono’ Villegas, el ‘Gato’ Barbieri, Lalo Schiffrin, Bebe Eguía, Pichy y Osvaldo Mazzey, Luis Borraro y Julio Viguier”.
Además, para cada presentación en La Plata se rodeaba de músicos de la talla de Caco Alvarez, el Flaco Catalá, y los jóvenes Alberto Favero, Pocho Lapouble, ‘Popi’ Monzó, Cantarella, el Colorado Escobar, Santiago Bo. “Todos capos”, decía el baterista.
Por esos años se metió a estudiar en el conservatorio
Gilardo Gilardi. “Mi profesor era el maestro Antonio Yepes y fui el primer alumno que se recibió en Percusión”.
Al mismo tiempo, integrando el conjunto de Osvaldo Norton actuó durante varias temporadas en radio El Mundo y realizó una gira de un año por Chile, Perú, Ecuador y varias localidades de Colombia.
Luego, siguió tocando con una lista de notables que incluye a Eddie Pequenino -uno de los primeros en grabar rock en
Argentina-, Barry Moral, Ray Nolan, Panchito Cao.
Como si fuera poco, como músico estable de la compañía discográfica RCA Víctor grabó con los cantantes Lucho Gatica, Carlos Argentino, Marty Cosens, Violeta Rivas, Marito Cosentino, Chico Novarro, Raúl Lavié, Lalo Fransen y varios más que ocupan un lugar entre ese centenar de fotografías que hoy cuelgan silenciosas en las paredes de su estudio.
De toda su trayectoria y viajes, Mingo sólo se arrepentía de que a pesar de haber tocado en Estados Unidos: “no llegué a conocer Nueva Orleans, la cuna del jazz”.
La música no se olvida. A pesar de que el jazz corría por sus venas, Mingo Martino se reconocía como un apasionado del tango y de músicos como Astor Piazzolla, Aníbal Troilo y la voz de Carlos Gardel. “Escucho mucho tango porque me encanta. Tuve la oportunidad y el placer de acompañar a Mariano Mores en el ‘60, cuando vino a tocar al viejo Teatro Argentino, y una vez lo vi a (Enrique) Cadícamo en Buenos Aires y con respeto le dije: Maestro... yo soy músico de jazz y usted para mí es como el Duke Ellington del tango”.
En su destacada trayectoria también tocó con la famosa cantante y bailarina estadounidense de vodevil y cabaret, Josephine Baker, durante su gira por la Argentina en 1972, y posteriormente fue director de las orquestas estables del Canal 2 de La Plata y de Radio Provincia.
En aquella calurosa tarde de 2007 Mingo afinaba el ojo y decía: “en La Plata hay muchos y muy buenos bateristas, como Mariano Córdoba, Martín Lambert y Damián Celedón por nombrar sólo algunos”.
–Mingo… ¿se le ha cruzado por la cabeza dejar de tocar la batería?
Primero se rió de la pregunta, y después contestó con sabiduría.
–Estoy en una etapa de mi vida donde me pasa que a veces me olvido algunos nombres de personas que conocí, con las que toqué, pero la música no me la olvido jamás.
Y esa música que él nunca olvidó tampoco lo olvidará a él.