"Una forma de esconder la historia es hacerla estúpida"

30.01.2012 | 21.59 Comentar   |   FacebookTwitter
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Historiador, psicoanalista y dramaturgo, Pacho O´Donnell estrenó una comedia sobre la crisis de 2001. El exilio, las pocas ganas de viajar y su convicción de que jamás será director.

Por Melisa Miranda Castro - Fotos: Euge Kais

Con su voz grave y tranquilizadora invita a acomodarse en su despacho, no sin antes pedir perdón por el "desorden". Desorden que no es tal. No hay sensación de caos y descuido, sino de desborde. Sobre todo en la biblioteca, donde pareciera haber más libros que estantes. El escritorio también está un tanto abarrotado con papeles, libros y otros objetos, cuidadosamente acomodados, pero que dejan poco espacio para apoyar algo nuevo. Mario "Pacho" O’Donnell se acomoda en su sillón, que mece al ritmo de sus pensamientos, antes de responder cada pregunta. Medita, hace pausas, pero cuando comienza a hablar lo hace como dando una clase magistral frente al alumnado, explicando, desarrollando y dejando pocos descansos a su parlamento para que se cuelen las preguntas. Es como si el psicoanálisis y la docencia se activaran en él al mismo tiempo, quizás esta reflexión es sólo un prejuicio influenciado por conocer el currículum del entrevistado, pero al verlo mecer su silla al hablar se hace inevitable que surja la imagen del estereotipo de un psiquiatra en su consulta. Y a su vez, el tono de voz firme y potente, da la sensación de que los días de la universidad han vuelto y hay que escuchar cuidadosamente al catedrático.

O’Donnell arrancó su vida profesional como médico psiquiatra, especializado en psicoanálisis, pero también incursionó en la literatura y la dramaturgia (acaba de estrenar en el teatro Reggina la obra "El arco de triunfo" con Nacho Galano y Victoria Onetto), en la divulgación histórica, en la política y en la docencia. Respecto de sus múltiples gustos y actividades, el autor de "La sociedad y los miedos" recuerda que hace un tiempo dio una charla en un instituto de orientación vocacional y en su discurso se dirigió a los jóvenes. "Ustedes están eligiendo ahora una carrera y lo están haciendo en muy malas condiciones, tienen 18 años, son bastante inmaduros todavía, conocen poco, están eligiendo casi al azar. El problema, es que cuando tengan 60 años, van a seguir trabajando de esto mismo y eso puede ser dramático también, porque no les aseguro de que a esa edad ustedes tengan vocación o entusiasmo por lo que están haciendo. Elegir una profesión también puede ser una manera de encarcelarse. Por eso les digo, traten de ser leales a sus deseos. No pierdan, no arruinen, no mutilen sus otras vocaciones", les dijo ese día. Esos consejos son los que él mismo siguió y así enfiló su vida. "He tratado de ser leal a aquellas cosas que yo sentía que me constituyen como persona. Sentí que no tenía que elegir entre el psicoanálisis o la literatura, me gusta pescar, vivir lo más libremente posible. Creo que todas las personas tenemos varias vocaciones. Siempre he tratado de cumplir con mis deseos, aunque a veces haya ido en contra de mi beneficio económico y de la opinión de la gente", evalúa.

–Desde su rol de docente y de su papel de divulgador de la historia en los medios de comunicación, ¿qué opina sobre las afirmaciones que se hacen sobre la falta de conocimientos históricos de los jóvenes? ¿Usted lo percibe así?

–Creo que la historia se puede enseñar o muy aburrida o muy entretenida, es muy difícil enseñarla aburrida porque la historia argentina es fascinante. Pero no vamos a entrar en un tema demasiado discutido últimamente. Yo creo que la historia se ha tergiversado tanto que se ha vuelto aburrida. Por otra parte, aprendí de mi maestro que fue José María "Pepe" Rosas, que la historia es básicamente un relato y que hay que contarla de manera tal que el otro la entienda y se fascine tanto como uno mismo. Eso es clave. Es atractiva cuando uno la comprende, cuando le encuentra la verdadera entraña, la verdad de sus protagonistas y de sus intenciones. Mientras se hagan textos tan abstrusos y tan desvitalizados, vamos a seguir haciendo que sea aburrida, eso no es casual. Hay mucho que esconder en la historia, una forma de esconderla es hacerla estúpida.

–¿Por qué tomó la crisis de 2001 para una obra de teatro ("El arco de triunfo") y no para desarrollar el tema desde el punto de vista histórico?

–Esto no es histórico, es teatral. Yo he juntado la historia y lo teatral en otras obras mías. Hay un momento en el que eso se define, pero esto era teatro. Es teatro cuando aparece con una potencia de imagen, cuando está claro que su expresión principal es más la imagen que el texto. A mí lo teatral se me aparece, es algo que me sucede, cuando voy por la calle o cuando estoy conversando con alguien, de pronto aparece una idea, una imagen, un rostro y eso es como que me invade y desde ahí va desgranándose, va desenvolviéndose casi sin intervención mía. Llega un momento, sobre todo al final, que para mí es casi una parasitación, yo termino realmente liberándome de eso. No es una situación especialmente placentera, salvo momentos. Lo que a mí más me gusta es corregir, ir limando.

–¿Cómo surgió la idea de esta obra?

–Surgió hace tres años. Lo más que puedo saber de esto es que tiene que ver con una situación traumática que fue el exilio. En última instancia, el desprendimiento, el abandono, la distancia, es una situación traumática de origen, ya el salir del útero es una situación de separación intolerable. La situación del exilio, de alguna manera, reproduce todas las situaciones de las argentinas y argentinos que han tenido que irse por razones económicas o políticas, es algo que tiñe todos los últimos años de la vida argentina. También hablo de qué es eso de alguien que se va y que vuelve, qué pasa con él, pero qué pasa también con la familia, con los seres queridos. Porque cuando te vas no sólo te vas de tu país, te vas de tus amores, tus odios, perdés de alguna manera esas referencias. Por ejemplo, el dulce de leche, el tango, que por ahí no te importaban mucho acá pero afuera es como que son tus referentes, aquellos que te ayudan a mantener algo de identidad. Cuando te vas perdés tu identidad, aquello del otro que te devuelve tu propia identidad.

–¿Esta obra tiene partes autobiográficas?

–Te diría lo que siempre se contesta, todo es autobiográfico. Pero, el escribir sobre el irse tiene mucho que ver con una situación traumática para mí que fue el exilio, que me ha dejado mucho mayor placer en quedarme que en irme. Me cuesta mucho viajar, lo hago cuando realmente está muy justificado, o es una propuesta interesante. Mi verdadero placer es quedarme, es algo que uno aprende a apreciar enormemente cuando se fue. Pero la obra no es autobiográfica directamente, simplemente uno maneja marionetas de representatividad que de alguna manera trabajan sobre lo autobiográfico.

–¿Nunca pensó en ser director?

–No. Yo soy medio omnipotente, entonces me creo capaz de hacer cualquier cosa, historiador, psicoanalista, político, escritor, pero tengo mucho respeto por aquellas cosas que sé que no las voy a poder hacer. Por ejemplo, en este caso, Daniel (Suárez Marzal) ha hecho algo magnífico y es que ha hecho una comedia de algo que yo no sabía que era una comedia y que está claro que lo es. Es decir, sorprendentemente he escrito una comedia, yo que más bien he escrito textos enredados en la tragedia. Pero él ha sabido extraer el humor y la ironía, de situaciones que la tenían sin que yo me diera cuenta cabalmente.
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