Estimados lectores:
Delante de vuestros preciados ojos reposa, seguramente, una pantalla fría e imperturbable, ajena en su esplendor de cristas y unos y ceros, al cálido tacto del papel. Vuestros inquietos dedos que ahora repiquetean el abecedario plástico o zig-zaguean con el mouse, Dios sabrá si anhelan las vívidas rugosidades de la celulosa teñida de tinta. Pero este nostálgico corazón inquilino de un cuerpo que nació muy tarde, añora de vez en cuando algunas bondades de viejos soportes. Y una de ellas -si al papel escrito nos referimos, por si no quedo claro- son las cartas. El anciano rito de las epístolas cobija miles de formas y emociones propias y exclusivas: desde redactarla hasta enviarla, desde recibirla hasta atesorarla o perderla, sus caminos y procesos implican de por sí una bella liturgia y un impacto único para remitente, destinatario… ¿y por qué no para el emisario? Semejante universo no sólo constituye un género de por sí, sino que de algún modo una carta es el algo así como la forma más primaria (no por ello elemental) de la escritura.
Por eso, entrañables lectores, arduo fue a mis pretensiones melancólicas eludir las últimas informaciones referidas a la publicación de más de mil cartas inéditas de Julio Cortázar, que serán publicadas en 5 tomos a partir del mes que viene. Sabrán ustedes, ilustrados lectores, que el género epistolar tiene diversas formas. Una es la más literal y se basa en la publicación de cartas de índole privada escritas por literatos o personajes célebres. Eso supone dos cosas, a priori: no ignorar que principalmente se divulgan cuando sus autores ya han fallecido (y eso supone algo de intrusión ¿no?) y que esto nos permite tener una visión más amplia de esas personalidades. Es común confundir al narrador con el lector cuando lo hace desde la primera persona, pero en el caso de las cartas no hay lugar a dudas. El nivel de interpelación e intimismo de una carta resulta irresistible y prodigioso. Son ellos abriendo descarnadamente su corazón a amantes lejanos, o intercambiando nociones políticas o cotidianas con amigos. Algunas veces en un leguaje más llano o coloquial que el que nos acostumbran sus textos, otras no pudiendo evitar el talento natural. En 1942, Cortázar le escribe con tono jocoso a uno de sus amigos: "Sólo los genios logran que la paciencia de los eruditos busque, hasta encontrarlas, todas sus cartas... Que no siempre son geniales pero llevan su firma al pie". Las cartas de Cortazar son un ejemplo de cómo ellas pueden oficiar de biografía alternativa.
La carta robada. Si han de gozar de la literatura y cultivar sus héroes, sabrán entrañables lectores, que en pocos días se cumplirán los 200 años del nacimiento del escritor inglés Charles Dickens. Y en España se lanzará
Dickens enamorado, un ensayo hasta ahora inédito que incluye la correspondencia privada y amorosa entre el escritor y Maria Beadnell, su primer y oculto amor. Gracias a esta ¿intromisión? Conoceremos nuevos aspectos del novelista victoriano más universal. La relación con esta hija de un banquero fue un amor oculto que nació en su primera juventud pero que sufrió la censura familiar al enviar a la joven a estudiar a París. "Lady Olliffe me preguntó en París el otro día (nos tenemos cierta confianza, debe usted saberlo) si era cierto que yo había amado a María Beadnell tanto, tanto, tantísimo. Le respondí que no había mujer en el mundo, y había muy pocos hombres, que pudieran imaginarse cuánto" escribe Dickens a su amada.
"Todas las cartas de amor son/ridículas. No serían cartas de amor si no fuesen/ ridículas. También en mi tiempo escribí cartas de amor/ como las demás/ ridículas. Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas", escribe Álvaro de Campos el 23 de octubre de 1935. Se trata de uno de los heterónimos del magistral poeta portugués Fernando Pessoa. Este genio que hizo de la heteronimia una marca desdoblándose en Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro Campos o Bernardo Soares (cuatro voces narrativas que sostuvo con asombroso dominio y desdoblamiento), podía aún guardar más personalidades.
Cartas a Ophelia congrega las 48 cartas que escribió el poeta a su joven amada cuando él tenía 32 años y ella 19. Ophelia Queiroz era una mecanógrafa en las oficinas Félix, Valladas & Freitas de Lisboa, donde Pessoa se ocupaba –precisamente- de traducir la correspondencia comercial. Es curioso ver como Alvaro Campos -el único homosexual de sus personajes- se filtra en una de sus epístolas llamando a Ophelia “mi querido y pequeño bebé".
Habrá de sorprenderlos, amigos lectores, el cariz sumamente explícito y erótico que contienen las tórridas correspondencias vertidas por la magnánima y prestigiosa pluma del irlandés James Joyce. El autor de
Ulises podía volverse decididamente explícito al dirigirse a su mujer Nora Barnacle, capaz de agradecer con ternura y elegancia un telegrama para luego recordar no exenta de adjetivaciones una masturbación a cargo de su amada. Evidentemente sofocado por una pasión incontrolable, la secuencia de cartas entrevén que Joyce era superado y por ello de una carta a otra pedía disculpas por sus confesiones o vocacubulario. Una breve y buena muestra de todo lo que ese amor contenía para este emblema de la literatura universal es el siguente párrafo: “Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mí puta, mí amante, todo lo que quieras (¡mí pequeña pajera amante! ¡mí putita!) eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia".
Aunque no todo se refiere al amor, apasionados lectores. Un buen ejemplo de ello son los escritores rusos como Anton Chejov, quien en su correspondencia dejaba a un lado su magistral distancia y elegancia, para mostrarse como ciudadano vertiendo opiniones de índole política y social sin las ataduras de la forma narrativa.
Los monólogos interiores de
Las olas de Virginia Woolf bien podrían considerarse cartas. Lo cierto es que la notable escritora –sucumbida por un perturbador océano de penas que se agitaban en su interior- supo escribir algunas de las cartas más inquietantes y dolorosas entre las más inquietantes y dolorosas: las de suicidio 28 de marzo de 1941, Virginia escribió en el jardín sus últimas y estremecedoras cartas de despedida a su marido y su hermana, y luego caminó hacia el río Ouse. "Querido: Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo –escribió a su amado Leonard–. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser (...) No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. (...) No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros. V."
De novela. Pero no queda todo, caros lectores, en el largo sendero entre Tánatos y Eros. Pues para lidiar con el sinuoso camino entre la muerte y el amor, poseemos la ficción. Y he allí donde nos referiremos a la novela epistolar, aquella que es escritas en forma de cartas enviadas o recibidas por los personajes de la misma y mostrar desde una óptica original la evolución de los personajes.
Este tipo de novela se popularizó en durante el siglo XVIII, de la mano de obras como
Pamela o la virtud recompensada (1740) de Samuel Richardson o
Eloísa (1761) del suizo Jean-Jacques Rousseau. Su complejidad psicológica y emocional no escapó por supuesto a los escritores románticos y el mejor ejemplo es ese manifiesto de la pasión de Goethe llamado
Las desventuras del joven Werther (1774), que bien podría colarse en el rubro “cartas de suicidio ficticio” ¿no? Tampoco queremos olvidar la primera novela de Fiodor Dostoyevski,
Pobres Gentes (1846) con esas cartas escritas por Makar Aleksiéyevich y por Varvara Dobroselov.
Ustedes dirán, apreciados lectores, que mis fuentes se cubren de polvillo. Y en parte es cierto: las horas corren implacables y los tiempos modernos –este sitio es un ejemplo de ello- oscilan hacia el universo digital. No ha sido obstáculo, sin embargo, para que surgieran renovadas formas de novela epistolar como
Contra el viento del noreste y su secuela, de Daniel Glattauer, en el que el correo electrónico es central de la novela o en español,
El corazón de Voltaire (2005), del puertorriqueño Luis López Nieves. Lo que el mail pierde en extensión y prosa, quizá lo gane en agilidad. Un español publicó en el 2006
Messenger, una historia entre una joven osada y un policía que se desarrolla mediante las conversaciones de un chat. ¿Alguien pergeñará la primera novela de Twitter o SMS? Quién sabe…
Un cuento de Paul Auster narra a través de dos personajes una historia que ya había comentado la compañera de Franz Kafka en sus últimos días de vida. Por entonces, el autor de
La Metamorfosis realizaba paseos diarios a un parque. Una vez halló a una niña triste por haber extraviado a su muñeca. El escritor mutó en cartero y dijo a la niña que en verdad sus muñeca no se había perdido, sino ido de viaje y que le había dejado una carta que le entregaría al día siguiente. Esa noche Kafka escribió las cartas en las que la muñeca contaba a la niña que se había marchado para comenzar otra vida, para poder casarse y tener hijos.
Y tal vez para ello existan las cartas y la literatura en general: para ocupar con palabras, tinta y sangre nada menos que la ausencia, ese abismal vacío, ese tangible anhelo.
Respetuosamente, R.G.M.
PD: Si de ausencia se trata, pacientes lectores, advertirán desde su conocimiento que muchos casos pueden haber sido omitidos. Pero no era la intención abrumarlos ni gastar el kroll del mouse con esta nota tan extensa. Después de todo, esa mágica e infinita galaxia de literatura siempre está al alcance, como en "La Carta robada de Poe", justo delante de vuestros preciados ojos.