El corazón de Corrientes
Sociedad /
Los Esteros del Iberá son el humedal más grande del país Y está recuperando su esplendor. Un recorrido por las áreas donde la protección, unida al turismo ecológico, es el principal objetivo para cuidar esta maravillosa biodiversidad.
Por Susana Parejas (desde Corrientes) - Fotos: CLT
Casi al mismo tiempo que el sol logra darle ese efecto de espejo a la laguna, se descubre el significado de Iberá, en lengua guaraní "agua brillante". Un nombre perfecto para resumir un lugar. Son las 7 de la mañana y el cielo se despeja de los nubarrones que amenazaron suspender el viaje en lancha desde la estancia San Nicolás, en San Miguel, hasta la isla San Alonso, en la laguna Paraná. Son unos pocos minutos en camioneta para llegar al puerto en el arroyo Carambola. Un camino angosto de tierra bordeado de agua es el primer contacto con la naturaleza del lugar.
Si algo se aprendió hasta llegar a San Nicolás, es que Corrientes es llana, sus horizontes son perfectos para ver la puesta de sol. Pero, también, que donde hay paja colorada es pastizal, y señal que hay terreno seco, porque en los esteros todo es agua y tierra combinándose aquí y allá. Entrar en este ecosistema es como ir armando de pronto un rompecabezas, donde cada pieza va formando el todo. Y el "todo" es un paisaje que atrapa.
La vista busca encontrar a un yacaré retozando a los costados del camino. Pero se hacen desear, tal vez porque la noche anterior llovió mucho. Pero, si el yacaré es el rey de la laguna, el carpincho es, sin duda, el poblador más desfachatado y numeroso del lugar. Su figura regordeta y simpática descansa en el medio del camino que corre entre las cañadas y bañados, impidiendo el paso del vehículo, a duras penas se levantan y se sumergen rápidamente en el agua que bordea la huella. Los guardaparques aclaran que su población aumentó porque no hay depredadores. El yaguareté pobló este ecosistema, pero hoy está extinguido. Sin embargo, la fundación CLT (Conservación Land Travel) está trabajando en el Proyecto Iberá para reinsertarlo en su hábitat natural. Los correntinos quieren esto, pues sienten que este hermoso felino es parte de su herencia natural, pero a la vez un tema que genera polémica entre algunos sectores de la sociedad.
En el improvisado puerto espera Omar Rojas, con sus bombachas azules remangadas a la altura de la rodillas y las "patas" en el agua. Algo común entre los gauchos correntinos de los esteros, donde la convivencia tierra-agua se da en todo momento. Un pañuelo azul rodea su cuello. "Nosotros identificamos nuestras preferencias políticas con pañuelos -aclara Omar-. Azul para los liberales, rojo para los autonomistas". Y pícaro agrega: "Los liberales también usamos las bombachas azules, pero los autonomistas no usan rojas, porque no queda bien".
Omar tiene 50 años, es oriundo de Concepción y es "canoero a botador", tal como se llama el largo palo de tacuara, fina, derecha, que remata en una tabla en horqueta, "como pie de ciervo, sin eso no le pegás impulso. Yo he llegado a palear unas 6 horas seguidas", acota. Cuando tenía 4 o 5 años ya comenzó a navegar en su canoa a botador. "Vivíamos a unos 100 metros de los esteros, mi papá nos llevaba a practicar con mis hermanos", recuerda. Así con canoas hechas en madera de timbó a su medida empezaron a navegar los esteros y dieron sus primeros pasos en la pesca. Aún con los motores fuera de borda, este oficio, tan correntino, no se va a perder nunca, "porque hay partes que si no es con botador, no se puede llegar". Parado firme en la popa de la canoa, con su sombrero de fieltro negro, su pañuelo azul en el cuello, completa el paisaje, que cada vez se hace más y más mágico. El arroyo Carambola desemboca en la laguna Paraná. El agua transparente donde flotan los camalotes, con sus flores violetas, algunos embalsados, verdaderas islas flotantes formadas por plantas acuáticas que se entrelazan, y que con el tiempo hasta pueden soportar el peso de un animal, navegan a la deriva. Un yacaré asoma de costado con su enorme ojo color amarillo y sonrisa de dientes desprolijos. Y en el medio del silencio de la mañana el sonido de un ave, que despliega sus alas para volar a ras del agua. A cada momento se descubre un nuevo ejemplar, el yetapá de collar, el jabirú (con su cuello negro y rojo), la garza azul, y la monjita dominicana (con su plumaje negro y blanco), que como es una de las especies amenazadas, se utiliza como indicador del estado del ecosistema. "Si hay monjita dominicana, está todo bien", tal como explicó el guardaparque provincial Andrés García. El viaje hacia el interior del estero se vuelve increíblemente pacífico. El sol se animó con todo. La relación tan cercana con la naturaleza impone. Una pequeña embarcación flota sobre aguas tranquilas y todo sigue su ritmo. Por suerte, en esta reserva nada lo altera, está protegida.
PARAÍSO ECOLÓGICO. A la isla San Alonso sólo se llega por agua o por aire, tal es su desconexión del mundo. Allí en el medio de los esteros del Iberá la tranquilidad cobra su verdadero significado. Entre la sombra de lapachos, timboes, y junto a las flores fucsias de las Santa Rita y las violáceas de las hortensias aparece la casa construida en madera. Un largo corredor abierto ofrece la vista de la laguna Paraná y el campo. La casa cuenta con cinco habitaciones, con lugar para nueve personas. Un oasis que permite aislarse y tomar contacto con la naturaleza que se mantiene en pleno estado de conservación. Omar Rojas y su esposa Antonia Segovia son los que tienen la concesión de esta particular hostería. La sensación de estar alejado todo se hace realidad.
Una caminata por los bosquecitos, donde se pueden descubrir varios monos aulladores en lo alto de los árboles, o un paseo en canoa a botador por la laguna, son algunas de las actividades que se pueden realizar, o también cabalgatas que duran una hora y media. Antonia es la encargada de preparar las comidas, un rico chipá correntino, una especie de pan de mandioca con queso, el "chipá cuerito", conocida en otros lugares como torta frita, o el tradicional "mbaipi", una especie de guiso, pero hecho con harina de maíz "sin arroz".
El sol del mediodía anuncia el verano, pero en el amplio corredor el aire fluye, y el tereré aporta frescura. El turismo en los esteros no es estacional, se puede hacer todo el año. Cada estación ofrece diferentes opciones para disfrutar. Enero y febrero son los meses más calurosos, pero también existe la ventaja de que los días son más largos y los atardeceres a las 8 de la noche en el medio del río, son increíbles. En invierno, el sol cae a las 6 de la tarde pero se pueden ver todos los lapachos florecidos, rosados.
De todas las actividades que se realizan en San Alonso, la que despierta curiosidad es la que tiene años de tradición por estas tierras. Y es la cabalgata "nadando en los esteros", tal como se hacen los arreos de ganados por esta zona. Al tener que llevar hacienda desde una estancia a otra, los gauchos tenían que pasar por zonas con agua. "No queda otra que atropellar el estero", afirma Oscar. En este caso, los que participan de esta increíble experiencia, van flotando tomados de las crines del caballo, que puede llegar a nadar unos 300 metros. Y cuando el equino vuelve a estar más cerca de la tierra firme, "hay que alivianarse, prenderse de la cola y flotar". Es toda una experiencia, que para alguien de ciudad puede resultar de turismo aventura, pero que es parte de las costumbres de esta tierra, de la vida de estos paisanos de los esteros, donde el sol transforma el agua en casi, casi un espejo.
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