R.G.M.
“¡Ay, lo que yo sé, todos pueden saberlo!… ¡Sólo mi corazón es mío!” Ese puñado de palabras, tan honestas como orgullosas, tan bañadas de vulnerabilidad e ímpetu, cobija en su seno gran parte del espíritu de una época y a decir verdad, no hay línea alguna de
Las desventuras del joven Werther que no rebase romanticismo. Esta magnífica obra escrita por la monumental pluma del alemán expone a través de una exquisita, suntuosa y expresiva prosa epistolar exponer toda la sensibilidad y apasionamiento de un personaje que se erigiría como un emblema del hombre romántico en constante pugna con las convenciones imperantes e imperativas. “¡Pasión! ¡Embriaguez! ¡Frenesí! ¡Oh, espíritus rectos! Injuriáis al borracho, despreciáis al insensato, pasáis de largo dando gracias a dios como el fariseo, porque no os hizo semejantes a ellos. […] ¡Avergonzáos, hombres tibios! ¡Avergonzáos, hombres sensatos!” vociferaba exaltado este muchacho que sufre tanto por un amor imposible que prepara concientemente su suicidio. Werther paga sus cuentas, indica que ropa debe llevar y aguarda con cierta felicidad el fin, ya que cree que allí se reencontrará con su amada Carlota.
“No crees nada porque será malinterpretado”, ironizaba en los '60 un poeta rockero. Cautivados por textos sumamente poderosos y vívidamente tangibles gracias a su estructura epistolar (la novela está construida a través de cartas caviladamente fechadas), muchos jóvenes confundieron arte y vida (no siempre es lo mismo): una ola de suicidios fue el resultado menos deseado de este manifiesto que expedía más vida en toda su plenitud: asumir que el vacío y la muerte son parte de ella, el algo que cuesta comprender. “¡Ah! Si yo fuera un caprichoso, podría descargar en el mal tiempo, en una tercera persona, en una empresa fracasada, la culpa de mi disgusto y el insoportable fondo de mi desolación sólo pasaría sobre mí a medias. Por desgracia, comprendo que la culpa es sólo mía. ¡La culpa!”, afrontaba Werther. Sería soberbio y por supuesto falto de empatía juzgar un acto tan duro como perturbador: jamás podría calificar como un capricho. Tiempo atrás, con respeto y cautela,
Zona de Ideas intentó abordar la temática desde la literatura (
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Caprichoso es el tiempo. Pero a veces se encarga de cerrar los círculos. Por eso la semana pasada, la carta del joven suicida que inspiró el famoso "Werther" regresó a su localidad de origen en Alemania, después de más de 240 años.. Se trata de una carta dirigida al padre y escrita en 1771 por el joven jurista Karl Wilhelm Jerusalem, el amigo del poeta Goethe que se quitó la vida a los 25 años. Sí: el corazón de Werther era sólo suyo, pero evidentemente había otros que sentían cosas parecidas.
La ciudad de Wetzlar, en el oeste de Alemania, compró en enero el documento por 5.000 euros (6.500 dólares) en una subasta en Basilea, Suiza. "Tiene una importancia incomparable para Wetzlar porque vuelve a su lugar de origen después de 241 años", celebró Anja Eichler, directora del museo local que guardará el escrito.
Según narra la historia, Goethe y Jerusalem se conocieron estudiando en Leipzig y se reencontraron en Wetzlar. Pero en algunito del camino Jerusalem/ Werther ya no se reencontraría con nadie porque estaba perdido. “Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo no halla nada” diría Werther/Jerusalem.
Pero la carta no se perdió, como tampoco las cartas con las que Goethe dio forma a la célebre novela. Porque era una novela, chicos. ¡Ay! Eso todos pueden saberlo, sólo que algunos corazones llegan al punto de no discernir. Y el amor (o su ausencia, es lo mismo) otra vez los destrozará.