Incendio en Honduras: los guardiacárceles no dejaron entrar a los bomberos
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Las puertas de la prisión de Comayagua estuvieron cerradas por temor a una fuga de reclusos. Asciende a 358 la cifra oficial de muertos.
Una mujer muestra las fotografías de su hijo, muerto en el incendio El incendio deliberado de un colchón por parte de uno de los internos cobra fuerza como la causa más probable del siniestro que se cobró la vida de más de 350 reclusos en la cárcel hondureña de Comayagua.
La Policía Nacional difundió una lista de 377 presos «faltantes» y, a la espera de las pruebas forenses, se da por hecho que la mayoría de ellos están muertos, aunque no se descarta que algunos hayan escapado entre las llamas. El ministro de Seguridad, Pompeyo Bonilla, aportó la cifra de 358 fallecidos. En la granja-penal se hacinaban 852 prisioneros, cuando su capacidad es de 400 reclusos.
El jefe de bomberos de Comayagua, Leonel Silva, declaró que los custodios de la prisión pensaron que detrás del incidente se fraguaba una fuga masiva y les imposibilitaron durante media hora combatir el incendio.
«Llegamos diez minutos después, pero no entramos porque los guardias lo impidieron. Aguardamos unos 30 minutos afuera mientras escuchábamos disparos. Luego, nos permitieron el ingreso». Las celdas —dijo— «estaban aseguradas con candados».
El portavoz policial niega que hubiera obstrucción a los bomberos. Los celadores aducen que cumplían con los protocolos de seguridad. El destituido director de instituciones penitenciarias, Danilo Orellana, explicó que «los guardias creyeron en un principio que se trataba de una fuga masiva de reos, por eso cumplieron la ley y no permitieron el ingreso de nadie a la cárcel para evitar muertes innecesarias».
«La gente quería salir por el portón, pero nadie nos abría. Levantamos entre todos las láminas del techo y saltamos por el tejado y por un muro», narraba Fabricio Contreras, quien salvó su vida a costa de un tobillo roto. «Una escena terrible… Cuando entramos en las celdas, los cuerpos estaban calcinados y la mayoría son irreconocibles», relató Danelia Ferrera, oficial de la Fiscalía. El presidente, Porfirio Lobo, suspendió a las autoridades del reclusorio y ordenado una investigación.
En las morgues comenzó el proceso de identificación de los cadáveres que conservan las huellas dactilares. Pero la tarea será difícil ya que muchos cuerpos están carbonizados. Los convictos murieron abrasados y abrazados a los barrotes de sus celdas, asfixiados por el humo o ahogados al lanzarse a depósitos de agua del penal.
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